la decisión de ir a Venezuela


Venezuela siempre está presente. Uno lleva los recuerdos encima y trata firmemente de no distraerse con la tristeza de la situación. Nos obligamos una y otra vez a poner los pies en el lugar donde estamos, en esa vida de ahora, que es quizás distinta a la que alguna vez nos imaginamos. Agradecemos constantemente las oportunidades, las experiencias, los nuevos amigos, el crecimiento personal y profesional. Al comienzo te paseas por la idea de volver, para luego darte cuenta que esa idea en lugar de ayudarte a avanzar te detiene, te frena a seguir, te jala hacia atrás en lugar de hacia adelante, no te ayuda a adaptarte y disfrutar en plenitud del lugar donde estás, de tu nueva casa.

Y entonces pasamos por altos y bajos (en emociones y en seguimiento de noticias). Cuando pasa algo entonces vuelvo a descargar Twitter y sigo con fervor lo que está pasando, pregunto, hago research, converso con personas que poco (o nada) me entienden, intento conseguir respuestas. Por momentos me desentiendo, cada vez que pasa algo que no conlleva a nada entonces prefiero no leer ni buscar más. Me acuerdo que se lo dije a mi hermana el año pasado cuando recién comenzaron las protestas, que era mejor no meterse mucho, no esperanzarse de nuevo, pero que vá! Uno se ilusiona, y desilusiona, no sé cuantas veces he pasado ya por ese proceso.

Con el tiempo ni las ideas, ni los recuerdos, ni las emociones, ni el sentimiento se desvanecen. Pero uno si se desconecta, pierdes un poco ese roce, ese roce que no solo quieres sentir sino que quieres que ahora tus hijos sientan, ese sentir de algo que es tuyo, que te pertenece, que es parte no solo de tu pasado sino de ti, y de ellos.

Los sentimientos entonces se mezclan con la realidad, que es dura y difícil de digerir, es lo que te cuentan quienes están allá, quienes van, lo que lees, lo que te imaginas luego de 3 años y medio sin ir (que es seguramente peor que la realidad), lo que pasa. El año pasado en particular fue duro y muy inestable para el país.

Y de pronto te ves ahí con dos chiquitos, que son no solo tu amor más grande, sino tu mayor responsabilidad. Y piensas, quién en su sano juicio llevaría a sus hijos a "una de las ciudades más peligrosas del mundo"? Y comienza ese debate, entre las emociones, la realidad, la responsabilidad. Las opiniones, de aquellos que hablan con la cabeza y de los que hablan solo con el corazón.

Después de meses con ese conflicto en la cabeza decidimos ir, con miedo pero decidimos hacerlo, porque resulta que ese país peligroso e inestable no es cualquiera, es el tuyo. Y allí no solo están los recuerdos, el pasado y esa ciudad que quieres que tus hijos vean y disfruten, sino muchísimas personas que si nosotros no vamos, simplemente no vemos, no los conocen a ellos.

Nos dimos cuentas de mucha cosas. Parte de nuestros miedos estando fuera se disolvieron, otros no, fue divino estar, ir, re-conectar, verlos disfrutar y comenzar a crear en ellos esa idea de Venezuela más allá de nuestros cuentos y descripciones. Al mismo tiempo fue muy triste, ver la realidad en persona, sentirla. Una mezcla de sentimientos y emociones inexplicable.

Yo me quedé con los momentos en familia, con la luz de enero en la tarde, con la sangría (que sin saberlo sería la última) que me tomé con mi abuela, con las risas y juegos de Matías y Benjamín con sus primos, con la comida rica de mi mamá, con las cervezas que me tomé con mi papá, con la sonrisa de felicidad de todos cuando llegamos, con la piñata en familia que le hicimos a Matías por su cumple, con los tequeños, con los juegos de agua bajo ese sol tropical, con el olor mientras hacíamos las hallacas, con la felicidad de mis chiquitos al pasear en la moto con Abu dando vueltas al terreno, o al jugar bajo el samán de los Chorros y al meserse en los columpios de casa de Piru y Juli.

Me quedé no solo con lo lindo, sino con ganas de volver más seguido. Entre otras cosas, porque desde el día que volvimos a Londres todos los juegos de Matías que incluyen un avión, un tren o un cohete son con destino a Venezuela, él sueña con volver a estar ahí y nos pregunta siempre cuándo vamos a ir otra vez. Y esa imagen que dibujamos de nuestra ciudad en su mente, de ese lugar mágico que existe en nuestros corazones y en nuestros recuerdos, no tiene precio.

Gracias Caracas, hasta que nos veamos de nuevo.



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